https://www.cintiasloveinaction.com/voluntariado-internacional-para-tu-ano-sabatico/

Dedicar una parte de tu tiempo altruistamente a ayudar a otras personas te convertirá en un ser humano más consciente y solidario, al mismo tiempo que contribuirás en la construcción de un mundo mejor para todos. Tal vez hayas llegado a la conclusión de que ir de voluntariado es lo que deseas, pero quizá mil preguntas te vengan a la mente… 

¿Senegal? ¿Perú? ¿Ecuador? ¿India? ¿Colaborar con madres solteras? ¿En centros de refugiados? ¿Dando clases de inglés a jóvenes? ¿Dentro del marco de un viaje organizado? ¿Por libre? 

He reunido a 19 personas que han colaborado en proyectos de voluntariado y les he preguntado:

 ¿A qué país fueron?

¿Con qué ONG?

¿En qué consistía el proyecto?

¿Qué tipo de tareas o actividades realizaban ellos?

¿Cómo impactó esa experiencia en su vida y qué aprendieron?

¿Recomendarían a otras personas que participen en proyectos de voluntariado? ¿por qué?

¿Preparada para conocer sus experiencias?

 NOTA: SOP, en este edición del BLOG SOP VOLUNTARIADO solo incluimos tres de ellas, el resto irá apareciendo en ediciones posteriores …

 #1 Ana Costa (Autora del blog Zona Mindul) 

En el año 2012 tuve la enorme suerte de que me tocara en un sorteo un billete de avión al lugar del mundo al que yo quisiera ir y decidí invertirlo en colaborar con una ONG muy pequeñita, creada por un buen amigo de Valencia, que, por desgracia, ya no existe. Esta ONG se llamaba Namelok Supportive Education y trabajaba en Namelok, una región muy remota y pobre de Kenia. Su objetivo era conseguir que los niños más pequeños de la etnia masai pudieran ir al colegio, en lugar de malgastar su niñez cuidando vacas y cabras, y olvidarse para siempre de tener un futuro. 

En Kenia la educación infantil comienza a los 7 años, pero, a esa edad, la mayoría de los niños de las etnias más pobres ya están ocupados trabajando para las familias ricas y son muy poquitos los que acuden al colegio y terminan sus estudios. Y eso les lleva poco a poco a desaparecer, puesto que sin educación ni conocimientos, no pueden defender su cultura, ni sus derechos. Por ese motivo, esta ONG se centraba en ayudar a escolarizar a los niños a partir de los 3 años. Consideraban que, con que solo uno de aquellos niños pudiera llegar un día a la universidad, el proyecto ya habría valido muchísimo la pena. 

La ONG se encargó de construir y reparar varios colegios y dos pozos de agua en la zona y se ocupaban de su mantenimiento. Compraban el material escolar de los niños y pagaban el sueldo de los profesores. Donaron material sanitario, educativo e informático a la comunidad. Su última aportación fue que los 690 niños que acudían cada día a los 7 colegios de Namelok tuvieran un plato de comida caliente al día, ya que la mayoría no lo tenía y se mantenían con un simple vaso de leche al día. Era una forma de paliar la hambruna y la miseria y, también de que los padres llevaran a sus hijos al colegio. 

Un niño de Namelok podía tener todas sus necesidades básicas cubiertas, asistir al colegio, tener todo el material escolar necesario y un plato de comida caliente al día durante todo un año, por solo 20 €. ¡Por solo 20 € al año se le podía dar un futuro a un niño! Construir allí un colegio para unos 50 niños ¡solo cuesta 3000 €! Conocer estas cifras, saber lo poquito que cuesta y lo muchísimo que podríamos hacer desde el primer mundo, y lo injusta que es la situación de esos niños, me conmovió profundamente. 

Esa experiencia que me transformó por completo. Yo ya no he vuelto a ser la misma. Aquí no apreciamos, ni valoramos lo muchísimo que tenemos. Somos unos malcriados que nos quejamos por tonterías y no nos damos cuenta de lo privilegiados que somos y de la enorme suerte que tenemos.  Gracias a este viaje aprendí a valorar las cosas pequeñas del día a día, aprendía a dejar de quejarme y a ser más consciente de todo. Aprendí que cuesta muy poquito ser feliz y que, para conseguirlo, solo hace falta cambiar nuestra mirada y apreciar y agradecer lo muchísimo que la vida nos trae cada día. Pero, sobre todo aprendí que ayudar a otros menos afortunados que yo, y ponerme al servicio de quien me necesite es lo que más feliz me hace del mundo. Recomiendo a cualquier persona inquieta que quiera poner su pequeña semillita para que el mundo sea un poquito mejor, que se ponga manos a la obra. Entre todos, cada uno con lo que esté en su mano, podemos llegar mucho más lejos y transformar el mundo.

 #2 Anna Raventós (Autora del blog Sé tu chef)

 Soy Anna y con 18 años me fui a Voronezh, una pequeña ciudad de Rusia. El programa que realicé fue un Servicio de Voluntariado Europeo y durante los 6 meses que fui voluntaria, me encargué de dinamizar un centro de español. Proponía y daba las actividades semanales como pases de cine, clases de refuerzo o conversación y talleres de cocina tradicional. Esta experiencia fue muy enriquecedora para mí, me encontré sola en un país en el que apenas hablaba en el idioma local y eso me ayudó a espabilarme y vencer la timidez. Aprendí a cuidar de mí y a entender mucho mejor mis emociones y necesidades. Recomiendo esta experiencia a todo el mundo, viajar y estar lejos de la zona de confort te ayuda a conocerte mejor a ti mismo, y no hay nada más valioso que convertirte en tu mejor amigo.

#3 Cristina Ramón (Autora del blog La revolución del corazón)

Tras terminar la universidad emprendí mi primer voluntariado a la India, siguiendo mi corazón y mi sueño de adolescente de contribuir a un mundo mejor. Tras contactar con varias ONG’s al final fui a parar a la Fundación Vicente Ferrer, una organización que realiza un ambicioso proyecto de desarrollo integral que apoya a más de 3,5 millones de personas en el sur de la India. Empecé en el departamento de apadrinamiento dando clases de castellano a los traductores. Yo era fisioterapeuta y mi intención era ir al hospital, pero comprendí que, en realidad, era capaz de hacer otras muchas cosas.  Y si quieres ayudar, debe ser en función de su prioridad.

Me impactó la pobreza y también la entereza de las personas ante vidas tan duras. Ver en directo el trabajo de desarrollo de la organización me demostró el tremendo poder del amor, del compromiso y de la acción continuada. Y que nada es imposible. Además de lo enriquecedor que es conocer otra cultura, coincidir con otros voluntarios con inquietudes similares, encontrar mi tribu, fue un regalo. Comprendí que había muchas personas que querían vivir de otra manera y ser parte del cambio. Hice grandes amigos. Esos tres meses pasaron volando y regresé para participar en el sector de discapacidad. Tras dos años surgió la oportunidad de tener un trabajo remunerado allí y estuve colaborando en proyectos de comunicación, de captación de fondos y de VIH/SIDA. Al final fueron once años. Hacer un voluntario es una experiencia única y muy recomendable. Ayudar es un privilegio y una gran satisfacción que da un sentido muy profundo a tu vida. Además aprendes a valorar mucho más lo que tienes. Y si es un voluntariado internacional te abre aún más la mente a otras maneras de vivir y de entender el mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *