Una selección, tres de los “Diez viajeros que nos contaron el mundo en libros”, de CONDE NAST TRAVELER

Xavier de Maistre emprendió en 1794 un viaje de 42 días alrededor de su habitación. . Narró la excéntrica odisea en un libro dirigido a quienes no disponían de otro horizonte que un cuartucho; a saber: “todos los desgraciados, los enfermos y los aburridos del universo”, entre los cuales se incluiría a la población confinada por el coronavirus.

Suponiendo que a estas alturas de la cuarentena ya habréis explorado al completo vuestra geografía doméstica, aquí va una selección de lecturas para asomarse al exterior sin saltarse el estado de alarma, con los ojos y las palabras de grandes errabundos.

1) Ludovico de Varthema (1470–1517) no necesitaba excusas para partir a la aventura. “Si alguno se pregunta sorprendido por las razones y el propósito de mi viaje, tenga por seguro que lo que me hizo actuar de esa manera es lo mismo que ha movido a tantos otros, que no pudieron resistir la tentación de ver mundo”. La curiosidad le podía. “Pero ya hay muchas regiones de la tierra que nuestra gente recorre habitualmente en un continuo ir y venir…” “Por eso decidí visitar precisamente aquellas que menos hubiesen sido exploradas por los nuestros, y así, partiendo de Venecia a la buena de Dios (quiero decir, no sin antes habernos encomendado a su Nombre), izamos velas y llegamos por mar a Alejandría…”

Al no hallar suficiente novedad en Egipto, se marchó de allí enseguida; estuvo aprendiendo «la lengua mora” en Siria. Hombre de acción, se enroló con los mamelucos bajo el nombre de Yunus y, haciéndose pasar por un servidor del islam, atravesó la península Arábiga escoltando a una caravana con destino a La Meca. Era el primer peregrino de la cristiandad que entraba en la ciudad santa. Sospecharon de él en Adén, donde fue apresado con cargos de espía; le cayeron 55 días. Se recorrió toda la costa india, y bastó que alguien mencionara las Molucas para que quisiera conocer Java, Borneo, Sumatra, etc. Porque «un testimonio visual vale más que diez obtenidos del boca a boca», decía. El boloñés relató seis años de correrías insaciables en El viaje de Ludovico Varthema (Akal), un emocionante itinerarium que el mismísimo Magallanes utilizó como fuente de información.

2) Alexandra David-Néel: “Cuando tenía seis años, pasaba horas y horas leyendo relatos de viajes de Julio Verne. Sus héroes poblaban con sus hazañas mis sueños infantiles: Phileas Fogg, Passepartout, los hijos del capitán Grant, el capitán Hatteras y tantos otros se habían convertido en mis compañeros inseparables. Había tomado una resolución… como ellos, y más aún si era posible, viajaría”.

Exploradora precoz, Alexandra David-Néel (1868–1969) era una adolescente cuando se escapó de casa para conocer Inglaterra y Holanda; luego se fugó a Italia, con las máximas de Epicteto y una alianza de casada para disimular su mocedad. En otro arrebato cogió la bicicleta y se pedaleó Francia de arriba abajo hasta España. Su madre estaba desesperada. Encima, la chiquilla le salió anarquista, empezó a estudiar sánscrito y se hizo budista. Enseguida que tuvo ocasión, se embarcó hacia Oriente. Iban a ser unos meses, pero entre una cosa y la otra se tiró ¡14 años! investigando las culturas de Asia.

“He vivido principalmente en la India, Pakistán y el Tíbet: tras un largo viaje en que atravesé parajes aún sin explorar, llegué a Lhasa antes que ninguna otra mujer de raza blanca. Viví también en las regiones del Himalaya, en Sikkim, en Nepal, en China, en Japón, en Birmania, en Ceilán, en Corea, etc. Recorrí asimismo países del norte de África: Marruecos, Argelia, Túnez y los oasis del Sahara. En resumen, estos viajes empezaron antes de 1900 y no terminaron hasta después de la Segunda Guerra Mundial: todo a lo largo de una vida”. Cumplió su palabra. “La palabra dada cuando era una niña: «¡Viajaré!»”. Así lo explica en uno de sus interesantes libros, La India en que viví (La Línea del Horizonte).

3)  Apsley Cherry Garrard: “La exploración polar es la forma más radical y al mismo tiempo más solitaria de pasarlo mal que se ha concebido”. Apsley Cherry Garrard (1886–1959) fue uno de los supervivientes en la Expedición Terra Nova al Polo Sur, aquella donde el frío asesino acabó con la vida del capitán Scott y cuatro de sus compañeros.

Él era el benjamín del grupo, y a punto estuvieron de rechazarlo entre el resto de 8.000 candidatos: no tenía experiencia previa en los hielos, era debilucho y no veía tres en un burro. ”No es la fuerza física, sino la fuerza de voluntad, la que permite a un hombre llegar más lejos allí donde la mente y el cuerpo son sometidos a pruebas extremas”.

Ocupó las funciones de chico para todo: dirigir el periódico South Polar Times, despellejar focas… y jugarse la piel por tres huevos de pingüino emperador, misión para la cual arrastraron dos trineos de 340 kilos de peso a lo largo de 100 kilómetros; cinco semanas bajo la perpetua oscuridad del invierno austral, soportando temperaturas de hasta 60 bajo cero. “Es imposible imaginar mayor sufrimiento…” Hambre, congelaciones, agotamiento, pesadillas… “Me consta que durante este viaje empezamos a considerar la muerte como a una amiga”. El explorador relató la epopeya con su genuino humor inglés en un libro de acertado título: El peor viaje del mundo (Ediciones B).

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