De National Geographic, marzo 2020:

“Entre 2000 y 2015, mientras que la población mundial crecía 20%, la producción de ropa se duplicó a causa de la explosión de la llamada “moda rápida”. A decir del documento, la disponibilidad de tanta ropa barata condujo a que el artículo de vestir promedio se utilizara 33% menos veces en 2015, cuando el mundo descartó más de 450.000 millones de dólares en ropa. Jorik Boer se gana la vida rescatando algunas de esas prendas. Es director del Grupo Boer, empresa familiar surgida hace un siglo, cuando su bisabuelo empujaba un carrito por las calles de Róterdam recolectando trapos, metal y papel.

Hoy día, la sede de la compañía, en Dordrecth, administra cinco plantas que operan en los Países Bajos, Bélgica, Francia y Alemania. Entre todas, esas instalaciones recolectan y clasifican (y también venden para reutilización o reciclaje) hasta 415 toneladas diarias de ropa desechada. Boer aclara que tenemos una idea equivocada de lo que sucede con la ropa cuando cae en un contenedor de donaciones. Muchos creen que se entrega directamente a las personas necesitadas. Sin embargo, lo habitual es que empresas como la suya compren los artículos donados para clasificarlos y revenderlos en todo el mundo. “Necesitas mucha experiencia para saber dónde vender o reutilizar una prenda”, asegura Boer.

Detrás de él, una ventana me permite observar a varias mujeres que, con movimientos rápidos y muy precisos, retiran ropa de las cintas transportadoras, examinan el artículo brevemente y luego giran para soltarlo en alguna de casi 60 bolsas. Mi anfitrión revela que cada empleada clasifica cerca de tres toneladas diarias de ropa. Las clasificadoras deben tener buen ojo para la moda, en particular cuando se topan con buenas piezas, ya que las mejores producen más ganancias para la empresa, si bien solo representan entre 5 y 10% del total. Los artículos más cotizados en Rusia y Europa oriental –como ropa interior femenina– pueden alcanzar hasta cinco euros por kilogramo. La mayor parte del material de menor calidad se organiza en pacas de 55 kilogramos que se envían a África, donde las venden en apenas 50 centavos por kilogramo.

La compañía ha empezado a recibir mucha más ropa de la que puede reciclar, sobre todo en Alemania, donde se rescata hasta 75% de los desechos desde que los gobiernos municipales entraron en la jugada. Boer confiesa que no ha podido encontrar suficientes empleados calificados. La mayor inquietud de los Boer es la evolución de la ropa. En estos momentos, la empresa puede revender 60% de lo que recolecta. Las prendas que aún sirven son lo mejor para el planeta –ya que no es necesario reemplazar los materiales ni la energía invertidos en su confección–, y también para Boer, porque “nos permiten financiar todo el negocio”, explica. El restante 40%, la ropa que nadie quiere, se recicla como trapos de limpieza, o bien la trituran para ofrecerla como aislante o relleno de colchones. Por supuesto, otra parte termina en incineradores.

La ropa reciclada incluye una proporción cada vez mayor de prendas desgastadas y de mala confección, por lo que la compañía pierde dinero en casi todo eso. Boer indica que la moda rápida podría arruinar su negocio. Con todo, hay una variedad de reciclaje con la que consigue pequeñas utilidades. Desde hace décadas, la empresa ha enviado suéteres de lana y demás prendas tejidas a Prato, Italia, donde otras organizaciones separan la lana por medios mecánicos que permiten rescatar largas fibras para crear prendas nuevas. Ahora bien, este procedimiento no sirve para reciclar telas de algodón o poliéster, pues las fibras obtenidas son muy cortas. Por ello, media docena de start-ups desarrollan tecnología para el reciclaje químico de dichas fibras. A fin de impulsar el desarrollo, Boer propone que la Unión Europea establezca el requisito de que toda la ropa nueva contenga, por ejemplo, 20% de fibras recicladas. “Lo harán en los próximos 10 años –asegura Boer–. Tienen que hacerlo”.

En la Fundación Ellen MacArthur noté entusiasmo por un modelo de negocios distinto que podría estimular la circularidad de muchos sectores económicos. Ese modelo se sustenta en el alquiler más que en la propiedad. Aun cuando Rent the Runway y otras empresas web que alquilan ropa representan, hasta ahora, menos de 10 % del mercado mundial de la moda, ese segmento crece aceleradamente. Hipotéticamente el alquiler es más sostenible: si muchas personas comparten la misma prenda, no hará falta producir tanta ropa.

Pero la realidad práctica es otra. Por ejemplo, cabe la posibilidad de que muchos clientes amplíen sus roperos con prendas de lujo alquiladas. Además, no hay duda de que el alquiler incrementará las operaciones de empaquetado, envío y lavado en seco. En un artículo reciente para la revista Elle, la periodista Elizabeth Cline, autora de dos libros sobre moda rápida, analizó los aspectos a favor y en contra. Su conclusión: “Usar lo que ya tienes en el armario es la estrategia más sostenible para vestirte”. En Prato, Italia –donde han producido tejidos de lana desde el siglo xii–, unas 3.500 compañías emplean a 40.000 obreros para procesar textiles desechados. Una vez separada por colores, lavada y triturada (abajo), vuelven a hilar la lana. Hasta ahora, solo 1% de los desechos textiles se recicla en ropa nueva”.

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